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Crónica de una extinción anunciada

 

Cuando pensamos y hablamos del sombrero vueltiao todos sabemos que es un símbolo de nuestro amado país y que se tejen en la costa norte en territorios de los indígenas Zenúes. Elaborado de una fibra natural de la palmera conocida como caña flecha, en cada sombrero vueltiao los artesanos cuentan su historia, sus tradiciones y muestran su concepción del mundo, de la vida. Su tejido es único. Prueba de ello es que según las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), diez departamentos colombianos se destacan por su potencial exportador de artesanías. El sombrero vueltiao es uno de los productos estrella.

Pero este legado podría desaparecer por varias razones. La primera. El precio. Hacer un sombrero toma dos semanas de trabajo. El artesano lo vende a 80,000 pesos, pero en los almacenes este valor se duplica. La segunda razón tiene que ver con que ya no hay cultivos de caña flecha criolla, la utilizada en el sombrero fino Zenú. En su lugar se están comprando fibras de menor calidad en los municipios de Caucasia, El Bagre, Zaragoza, en Antioquia. ¿Consecuencia? Sobre oferta de sombreros de baja calidad y lejos de la tradición.

Durante mi trabajo tuve la fortuna de conocer un productor de caña flecha. Sabía que de estos cultivos ya casi no hay. Así que agendé una cita con Darío González Talaigua, 64 años, para conocer cómo es el proceso de producción de la caña flecha. “Sólo puedo recibirte por la tarde porque en mi empresa el trabajo de la mañana es inaplazable, lo mismo que mi almuerzo”, me dijo. Me sorprendí. ¿Cuál empresa? Llegué a las dos de la tarde.

En su parcela de una hectárea y media en la vereda Arauquita de Tuchín – Córdoba_, tiene sembrado un cultivo de caña flecha que le permite manejar sus gastos y vivir tranquilo. Su semana de trabajo la tiene organizada como si fuera el ejecutivo de una gran empresa porque sabe que debe optimizar su producción.

Lunes y martes recoge de manera organizada las hojas de caña flecha que están lista para recolección. Es un trabajo que implica disciplina. Una buena recolección mantiene la salud del cultivo pues permite que las hojas se renueven a tiempo.

Le pregunté sobre por qué su producción parece estar sucia y con malezas. “Parece sucia en comparación con cultivos de yuca o maíz, pero no lo está. La caña flecha es imposible limpiarla en su raíz porque sin quererlo arrancaríamos los nuevos vástagos que vienen brotando y el cultivo se acabaría rápidamente”, me explica.

Los miércoles son los días para transformar la caña en largas tiras de hojas que luego agrupa en un gran mazo que venderá a cien mil pesos. Este trabajo es realizado en su oficina, es decir, un fresco rancho de palma en el patio de su casa en donde tiene lo necesario para sacar las varitas de la caña y limpiarla hasta dejarla lista para el siguiente paso en el proceso.

Los jueves retoma nuevamente la recolección empezando por la última hilera que recogió lunes y martes. En la tarde entrega de los mazos a sus clientes. Son leales, fieles, conocen la calidad de este cultivo.

El viernes sigue la rutina de recoger en la mañana y limpiar las hojas de caña por la tarde. Sábados y domingo va a cobrarle a cada cliente. “Tengo el dinero suficiente para la comida, vestido, transporte y todos los gastos de la familia. Nunca dejaré de cultivar la caña flecha y seguiré en este cultivo hasta que la muerte venga por mí”, dice.

Con esta historia queda confirmado que las cosas verdaderamente valiosas de las personas son las herencias intangibles que nos dejan nuestros ancestros. Esto es algo que nadie nos puede quitar y tiene un valor incalculable.


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